El mago Flanagan salió al escenario como en tantas ocasiones, frente al
público de una pequeña ciudad de provincias en fiestas. Un público
fácil, deseoso de pasar el rato, ávido de maravillas simples como la
desaparición de una pecera con un pez plateado que reaparerá al conjuro
del mago con un pez colorado, en el interior de una caja antes vacía.
Un público no demasiado maliciado por la televisión, la gran enemiga,
culpable de la desaparición de la capacidad de asombro del espectador,
culpable de revelar, en programas de divulgación, los trucos de
prestigiosos ilusionistas capaces de matar la gallina de los huevos de
oro por un puñado de monedas. Un buen público, dados los tiempos que
corren, capaz de dejarse hipnotizar por la agradable voz del mago. Un
público sugestionable, pese a la televisión, un público deseoso de ver
lo que el mago quiere (vean, señoras y señores, la caja vacía donde, al
conjuro de mi voz y con mi varita...), un público dócil, ignorante de
lo que el mago quiere que ignore, un público de ojo lento frente a la
rápida mano del mago.
-Una baraja que yo no tocaré hasta que
el caballero que amablemente ha subido al escenario ¿señor Germán? haya
barajado y la gentil señorita que le acompaña, señorita Amalia,
¿verdad? haya escogido una carta, que en la imposibilidad de enseñar a
cada espectador, porque en esta magnífica sala somos mucha gente,
enseñará al señor Germán y al público de las primeras filas y escribirá
además el nombre de la carta -as de picas, ocho de tréboles o la que
sea- en un papel que guardará el caballero, señor Germán, una carta que
yo, con los ojos vendados, después de mezclada con las demás por el
caballero y de barajar la señorita Amalia, adivinaré y haré aparecer...
Los
aplausos premiaron cada número. El mago hizo aparecer pañuelos y
palomas, desaparecer mesas, conjuró espíritus que surgieron levitando,
ingrávidos, resplandeciendo tenuemente en la oscuridad. Su voz
sugerente presidía, guiando la atención de los espectadores hacia el
punto deseado.
"-Ahora, señoras y caballeros, ruego de su
amabilidad silencio absoluto mientras cuatro voluntarios, cinco
valientes, suben al escenario... -No se alarmen, no hay peligro, pero
han de ser valientes, sin miedo al ridículo.. Señoras y señores, nadie
quedará en ridículo, lo que suceda en el escenario le pasaría también a
usted, que no se ha atrevido a subir! -¡Cuatro voluntarios, cuatro...!
Muy bien, gracias, joven, señor... señor Fernando, siéntese en esta
silla... Gracias, parejita, la señorita ¿su nombre, por favor? Señorita
Eva, siéntese en la segunda silla, el caballero en la tercera...
¿señor? señor Nicolás ¿Nadie más?... Vamos, vamos, no nos comemos a
nadie... nos falta un voluntario.... ¿sería usted tan amable, caballero
de la tercera fila? usted, al lado del señor de la chaqueta a
cuadros... sí, usted mismo, ¿es tan amable de ponerse de pie...?
perfecto... Señoras y señores, un aplauso para este valiente caballero
que subirá al escenario, ya que nadie más se ha atrevido... Bien,
caballero, señor... ¿Germán? señor Germán, usted en la cuarta silla...
Ahora comencemos, por favor, póngase de pie el joven de la primera
silla... ¿tiene usted fuego? ¿usa encendedor? bien, luego le pediré
fuego, mientras tanto piense qué hora puede ser, no mire al reloj...
¿lleva tabaco? (el mago se acercaba a él, se alejaba de él, acercaba
sus manos, distraía su atención) Dé la espalda al público... ahora por
favor, de frente... Pasemos al caballero de la segunda silla. señor
Nicolás, póngase de pie, por favor..."
El mago iba y venía entre
los voluntarios, preguntando, haciéndoles avanzar, retroceder, girar, y
mientras hablaba sus manos pasaban de aquí para allá, rozando,
acompañando los giros -dése la vuelta por favor, que puedan verle de
espaldas, gracias... vuelva a su posición...- "Ahora tenemos esta bella
señorita... ¿lleva pañuelo en su bolso? ¿barra de labios? ¿gafas de
sol? dése la vuelta, por favor... así, yo le indico... En seguida
vuelvo con usted... Bien, pasemos a nuestro primer voluntario.
Caballero, ¿es tan amable de ponerse de pie? Gracias... Señor Fernando
¿qué le pasa...? ¿se le caen los pantalones? Señoras y señores, no se
rían... a cualquiera se le caerían los pantalones si le faltara el
cinturón... ¿es suyo este cinturón? ¿Sí? Tenga usted... ¿Tiene hora?
¿no? ¿no lleva reloj? ¿no lo encuentra? ¿es éste? ¿sí? póngaselo...
Gracias por sus aplausos... Ahora vamos a hacer un truco con
cigarrillos, ¿puede usted darme uno, señor Nicolás? ¿cómo? ¿no
encuentra su tabaco? Pídale a su compañero... señor Fernando, ¿usted
tampoco encuentra su tabaco? ¿y su encendedor? ¿no es el suyo? enséñelo
a su compañero... ¡Vaya! ¡Así que su encendedor está en el bolsillo del
señor Nicolás...! Señorita Eva, ¿tiene fuego, por favor? ¿sería tan
amable de abrir su bolso? ¿cómo? ¿no es su encendedor? A ver,
caballero, ¿es suyo este encendedor? ¿sí? y este tabaco, ¿es suyo? Esta
cajita de preser... ¡no he dicho nada! ¡no rían, señoras y caballeros,
no queremos desvelar intimidades de nadie...! A ver nuestro amable
caballero de la silla primera, señor Fernando, ¿puede decirnos la hora?
¿no? ¿y su reloj? ¡vaya! ¿es como éste? ¿no? ¿y usted, señor
Nicolás...? ¿tampoco encuentra su reloj? ¿es éste? ¿y su cinturón?
¡Caramba! ¿es esta su cartera? Señor
Germán, tiene una magnífica
cartera... No, no está en el bolsillo de su chaqueta, está en este
bolsillo de la mía... una magnífica cartera de piel de cocodrilo, que
abro, con un documento de identidad que dice "Fernández de la Viuda,
Federico"... ¿cómo? ¿no se llama usted Germán...?
Como un
rayo, el señor Germán saltó sobre el mago, le arrebató la cartera y
desapareció del escenario entre tramoyas. El señor de la chaqueta a
cuadros de la tercera fila, en pie, gritaba "¡al ladrón! ¡es mi
cartera! ¡mi cartera! ¡al ladrón...!" Las luces del escenario se
apagaron, alguien gritó algo como ¡fuego...! y se produjo una gran
confusión en que todo el mundo intentó salir a la vez de la sala a
oscuras.
Al día siguiente el periódico local (El Pregón)
recogía en su crónica el caso del mago Flanagan, en cuya actuación se
produjo el robo de la cartera de un rico ganadero, con el importe de
las ventas de la feria anual en billetes contantes y sonantes, que
desaparecieron por arte de magia tras una avalancha humana que se saldó
con veinte heridos leves y cinco de pronóstico reservado. El mago pasó
la noche en comisaría y al día siguiente fue puesto en libertad sin
cargos.
Y nunca más se supo. Ni de la cartera, que no
apareció. Ni del dinero. Ni del mago, que no volvió al año siguiente y
probablemente se trasladó a Suramérica donde al parecer actúa con el
nombre de Shiun Chao, el mago oriental.
-publicado en myblog 2006/2007-
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados