Tenemos que hablar...
Al verlas entrar pensó "madre e hija, sin duda". Bien vestidas, bien parecidas, la madre luciendo anillos, collares y pendientes, la hija con una discreta cadena de oro y apenas maquillada. Mientras desde la puerta la madre, con un impreciso acento extranjero, preguntaba "-La gestoría ¿verdad? ¿aún está abierta?", él contestando como un autómata "-Sí señora, pasen, por favor..." no tenía ojos más que para la belleza serena de la hija, ojos azules, nada delgada.
Se despertó en él de nuevo esa sensación turbadora que le asaltaba a la vista de determinadas personas, ese regusto de novedad y familiaridad a la vez, esa urgencia por conocer y darse a conocer, esas ganas de gritar "llevo toda mi vida esperándote", ese impulso que tantas veces había acallado por miedo al rechazo, al malentendido. No pudo evitarlo. A sus veintimuchos años no había sentido una sacudida igual. La bella lucía un escote generoso que se entreabrió al acomodarse ella en una silla frente al mostrador, dejando entrever el inicio de unos senos blanquísimos entre los que deseó perderse, perder la cabeza, el alma, la vida....
Habló la madre. Quería saber a nombre de quién figuraba una finca en la zona alta, de casas con jardín, pocos vecinos, barrio tranquilo y seguro donde los haya. "El ático derecha de la calle Fresnos 3. Nosotras vivimos en el ático izquierda". Él volvió a centrar su atención en la madre. "-Sí señora, podemos conseguirle la información -respondió- pero usted puede obtenerla directamente del Registro por mucho menos de lo que le costará a través nuestro..." "-Claro, joven, gracias por su honradez, pero si voy directamente al Registro tendré que dejar mi nombre y dirección, y quiero discreción, tengo mis motivos..." Él iba a contestar, pero ella miró a izquierda y derecha como para asegurarse de que no había nadie más en el despacho y bajando la voz, casi en un susurro, continuó "estuve secuestrada en esa casa, primero me interrogaron para asegurarse de lo que sabía..." Él no se atrevió a responder, asintiendo apenas con la cabeza "y después me drogaron para hacerme olvidar todo, pero los recuerdos vuelven cuando menos lo espero. Recuerdo una habitación insonorizada, las paredes totalmente recubiertas como de embalajes de cartón para huevos, la luz en la cara, un sillón como de dentista donde me sujetaban con correas pies y manos, y esas inyecciones..." Se interrumpió como lamentando haber hablado demasiado. "No hablo de esto con nadie, pero usted me inspira confianza -siguió- Ahora gracias a la ayuda del profesor Téllez voy recuperando el equilibrio. Me trata con calmantes e hipnosis" terminó. Él asintió con la cabeza, incapaz tanto de seguirle la corriente como de contrariarle. "Parece chiflada, pero al menos está en buenas manos", pensó. El profesor Eugenio Téllez Téllez (*nombre supuesto, por supuesto*) era un archiconocido siquiatra que se las arreglaba para intervenir continuamente en debates y foros televisivos, con columna semanal en la prensa, libros publicados y que no le hacía ascos a aparecer como jurado en programas menos serios. La expresión de la hija era tranquila, él diría resignada, como acostumbrada a seguir la corriente a la madre, que al parecer feliz de tener un oyente tan atento, prosiguió bajando aún más la voz: "-El piso es una tapadera del SECOM" -Servicio de contraespionaje militar-. "Sin querer me enteré de cosas que no deben saberse..." continuó la madre. "Necesito esa información con urgencia, ¿cuándo puedo tenerla?" "-Con toda seguridad mañana mismo, me encargaré personalmente de obtenerla y a estas horas estará a su disposición. ¿Quieren venir a recogerla, enviarán un mensajero o... prefieren que se la haga llegar en persona?" "-Por Dios, joven, no quisiera abusar de su amabilidad..." protestaba la madre; él mintió "-Tengo que pasar cerca de su casa mañana después de cerrar. Voy en moto y no me cuesta absolutamente nada llevarles el informe personalmente" "-¿Sería TAN amable...? ¿has visto, Francesca, qué señor TAN amable? La hija asintió en silencio, mirándole a los ojos. En su mirada, él creyó ver una silenciosa pero desesperada petición de socorro. Sus ojos parecían decirle "sálvame, ayúdame a alejarme de ella". "No será fácil -pensó- parece una paranoica llena de inteligencia, de las que no dejan cabos sueltos. Tras pagar el importe de la gestión -sin nombres ni factura- marcharon sin que la bella hubiera abierto la boca.
El día siguiente transcurrió con desesperante lentitud. En su mente sólo había un nombre, Francesca, y la fugaz imagen de su busto generoso, y la determinación de volver a verla a toda costa, de hablarla, de conocerla. El informe del registro se hizo esperar más de lo que hubiera querido. Finalmente llegó un correo electrónico con la información solicitada. Imprimió. Leyó con atención. Un piso ático de más de cien metros cuadrados, vendido a una sociedad hace ya quince años. Sin movimiento. Nada sospechoso, también demasiado tranquilo... salvo un detalle. El administrador único de la sociedad era un médico. Doctor Eugenio Téllez Téllez. Así que la madre elaboraba sus fantasías con su siquiatra. Seguro que le conocía desde hacía tiempo, siendo vecinos de piso. De pronto, como un relámpago de evidencia, le asaltó la duda. ¿Y si la historia fuera cierta? Si el piso era como la madre decía un nido de espías, una tapadera, entonces ella estaba en manos de su enemigo, el siquiatra sería el manipulador número uno y estaría jugando con ella como un gato con un ratón... No veía llegar el momento de cerrar. Finalmente, cinco minutos antes de la hora comenzó a apagar el ordenador, despachó sin atenderlo a un cliente de última hora, cogió el informe, lo metió en su bolsa y en su moto se dirigió a la casa. Aparcó un par de calles más arriba y examinó la casa. El ático izquierda -rápidamente se situó en relación con el portal- tenía una terraza llena de plantas, una mesa de jardín y sillas; era sin duda el piso de ellas. El ático derecha, sin dar sensación de abandonado, parecía vacío. Apenas un par de tiestos -cuidados, eso sí-, persianas bajadas que no parecían haber sido limpiadas a fondo desde hacía años... Había aparcamiento subterráneo en el sótano, con entrada por la parte trasera. Al portal, en la delantera, se accedía a través de un pequeño jardín con reja, pero no cerrado. Antes de que llegara a llamar al timbre del ático izquierda salieron dos niños dejando la puerta abierta, así que entró. Examinó los buzones; pocos nombres, alguno extranjero, en general los rótulos indicaban solamente el piso, ático derecha y ático izquierda no eran la excepción. Había ascensor y una puerta, con llave, hacia el aparcamiento. Subió piso a piso hasta el tercero, que era el ático. Dos puertas, rotuladas derecha e izquierda. En ese momento se sintió estúpido porque no sabía el nombre de la madre. Tanta privacidad, tanto encargar la información y hacer factura a nombre de otro cliente, y resulta que no sabía para quién estaba trabajando. Solamente el nombre de la hija, Francesca, que tantas veces había repetido para sí con aire soñador. Todo el día imaginando el momento de entregar el informe, imaginando que Francesca sería quien se precipitara a abrir la puerta, urdiendo estrategias, pretextos y maneras de poder verla de nuevo... Ahora que llegaba el gran momento se encontraba en un edificio extrañamente silencioso, tan sólo con lejana algarabía de niños jugando en el jardín, indeciso delante de una puerta cerrada, ansioso por llamar, temeroso de hacerlo, deseando y temiendo ser recibido, tan espantado por la posibilidad de bregar con una madre paranoica como por la hipotética certeza de su historia de espías. Armándose de valor, llamó al timbre. El sonido le sobresaltó. Siguió un largo silencio roto apenas por ruidos lejanos. Nadie. Nada. Volvió a llamar. Era evidente que no estaban en casa. Contrariado, pensó que no era prudente dejar el informe en el buzón. Quizá esperaría en la calle, probablemente no tardarían en aparecer. Se situaría en la calle tratando de abarcar tanto la entrada de coches por detrás como la de peatones por delante... Iba a comenzar a descender cuando observó que la puerta derecha no estaba cerrada. Estaba entreabierta. Al diablo, con cualquier pretexto podía meter la nariz y salir de dudas. Diría que se había confundido de puerta, que le esperaban en la otra... Empujó suavemente la puerta, que cedió y quedó abierta a medias. El interior estaba oscuro. "Francesca, señorita Francesca", llamó. Silencio. "¡Hola!" alzó la voz, "¿hay alguien?" Silencio. Finalmente se decidió a asomarse. No pudo distinguir nada. "Hola, señorita Francesca, ¿están ustedes ahí?" El ruido de su corazón no le permitía distinguir ningún otro sonido. Casi sin darse cuenta, como guiado por una fuerza invisible se encontró dentro del piso.
Comenzó a reorganizar sus impresiones poco a poco. El firmamento de estrellas que podía ver con los ojos cerrados parecía girar en torno a un monumental chichón que desde su coronilla latía a cada pulsación de su corazón. Aparte de la evidencia de que había perdido el conocimiento a causa de un golpe en la cabeza, podía darse cuenta de que estaba atado, sujeto de manos y pies a un sillón como de dentista, con un foco delante deslumbrándole, a pesar de lo cual pudo distinguir las paredes recubiertas como de embalajes para huevos. Un rostro apareció delante de su cara. Pese al gorro y la mascarilla pudo distinguir el rostro del doctor Téllez, peligrosamente cerca. Pudo distinguir a contraluz la jeringuilla que el doctor le retiraba de su brazo desnudo cuyas venas resaltaban con una goma atada. Y pese a que todo parecía girar con el fondo de estrellas que no se detenían, a que los oídos le zumbaban todavía, y a que su boca tenía gusto a sangre, seguramente por haberse golpeado cuando cayó al suelo inconsciente, pudo oír perfectamente cómo con la peligrosa suavidad del director de un colegio de jesuitas el doctor le decía "tenemos que hablar..."



Marta Aymerich dijo
¡cuánto tiempo! me gustó mucho el relato, y tambien el articulo de "Lo que hay" la verdad esque hay muchísimo de cierto en eso, me gustó mucho, me hizo reflexionar, y lo mejor es que no dijiste lo mismo que dice todo el mundo, fuiste bastante más original, ni criticaste a la especie humana excluyéndote (lo que hacen casi todos)
20 Julio 2007 | 10:42 PM