OLÉ
Estamos en el siglo XXI. Hasta bien entrado el XX el año 2000 ha sido una fecha mítica, en que el futuro se haría realidad. Viajes espaciales -no simplemente a la cercana Luna-, medicinas milagrosas, coches voladores, teléfono-visión... una serie de esas metas mágico-científicas se han alcanzado y superado con creces, otras no han cumplido las expectativas. Y el hombre no se ha hecho más "moderno", es el mismo, con otros cachivaches, en un mundo más acelerado, más masificado. Las viejas supersticiones subsisten. La magia, el misterio, lo desconocido continúan llenando las zonas oscuras de nuestra mente, que son muchas.
En una sociedad que nos fragmenta, nos aísla, nos valemos de las ceremonias de masas para sentirnos parte de un colectivo... para no sentirnos solos frente a un universo complejo, desconocido y que funciona sin nuestro permiso (y sin que nos enteremos de gran cosa)
El futuro no nos ha traído la liberación de la humanidad, sino nuevas formas de esclavitud. La explosión de la información no ha traído más sabiduría, quizá ni más conocimiento. Los métodos de control son más sutiles y más eficientes. Espectáculo es igual a negocio. Viejos, ancestrales atavismos perviven y reviven gracias a la televisión y demás medios de comunicación.
El toreo no es una excepción.
La sensibilidad va cambiando. Mal que pese, progresamos y vamos dejando atrás actitudes y costumbres que ahora se nos antojan indignas de gentes civilizadas. Arrojar una cabra desde un campanario es una salvajada, aunque haya sido año tras año el plato fuerte de fiestas en algunos pueblos cuyos moradores, evidentemente, no ven malicia ni crueldad en ello. A fin de cuentas sólo es una cabra, y es divertido. También son divertidísimos, al parecer, e imprescindibles en tantas fiestas mayores, diversos espectáculos -llamémoslo así- en que el toro es protagonista y víctima: encierros, toros sogados, toros de fuego y afines que terminan en general con la muerte cruel de los animales tras una agonía en que jóvenes y no tan jóvenes, animados por el número y el alcohol, ofician de crueles torturadores demostrando de paso su hombría, que en el fondo parece ser el quid de la cuestión. Se tiene o no se tiene. Si tienes, acércate al toro. Si no tienes... puedes quedarte viendo el espectáculo junto a las mujeres...
Claro que el toreo es otra cosa.
Está el placer estético. El ritual del toreo, toro frente a torero; fuerza ciega, primitiva, animal, frente a inteligencia, saber hacer; Goliat frente a David, en un ballet mágico, la bella y la bestia (el toro hace de bestia, el torero viste con estética femenina). El sol colabora, hace brillar los bordados que ornamentan los trajes toreros, hace brillar la sangre del toro, aviva los colores de capotes, trajes, banderillas, flores, banderas. Es cómplice impotente, por realzar cuanto pueda haber de bello en tan cruel celebración. Está la música, alegre y triste a la vez, que completa el círculo de la estética de la fiesta.
El toro está condenado de antemano. Ha de luchar en un terreno pensado para cortarle cualquier vía de escape, de retirada. Está rodeado de hostilidad. Se ve obligado a luchar como sabe, a embestir ciegamente. El toro se enfrenta a un matador, está claro que es un profesional de matar toros. Un profesional que lleva toda su vida ejerciendo tan noble oficio, aprendiendo desde muy temprana edad cómo se engaña al toro, cómo se le reduce y cómo se le mata, aprendiendo de los que saben.. ¿y el toro? ¿puede aprender de su enemigo? Un toro que ha sido toreado en tientas y otras suertes no sirve para la lucha a muerte que es la corrida. El toro de lidia ha de ser noble -es decir, embestir ciegamente, sin desviarse de su primitivo objetivo. Si llega a aprender que la muleta es un engaño o a descubrir que el cuerpo del torero es el blanco eficaz de su furia, se convierte en un resabiado, peligroso por romper reglas del juego que siempre juegan en su contra... por no dar juego, sencillamente. El juego consiste en fuerza ciega, viril, contra inteligencia que atrae, que seduce, engaña y lleva a la muerte.
Un sacrificio que no tiene nada que ver con el respeto de los pueblos que llamamos primitivos por la naturaleza, por el animal al que se pide perdón por matarlo para alimentarse de él, perdón al árbol que hay que talar, perdón y gracias-. Nada que ver. Somos superiores, estamos en la cúspide de la pirámide y lo que hay debajo nos pertenece. El perro, fiel amigo, El caballo, noble bruto. El toro, fiereza ciega.... Y nosotros fieles a la promesa bíblica, aparte de crecer, multiplicarnos y llenar la tierra, dominando a las criaturas, creadas para que las dominemos.
La muerte del toro es EL espectáculo. El toro ha de morir. El toreo es simplemente un sacrificio en que la víctima es un animal que pretendidamente puede luchar por su vida. Conviene al espectáculo mantener el insostenible argumento de que el toro puede salvarse. También conviene que de tanto en tanto el torero muera, o al menos sea herido. Al espectador le anima la secreta y remota esperanza de presenciar una tragedia en vez de un sacrificio. La tragedia consiste en que el sacrificador sea sacrificado. Siempre hay la posibilidad... Cada espectador abriga la secreta esperanza de presenciar una muerte trágica, secretamente apoya al toro y adora al torero. Si éste muere joven y triunfador pasará a engrosar el santoral (que no martirologio) de la fiesta -con incalculables consecuencias mediáticas que podrían hacer pensar a más de un torero que para los suyos vale más muerto que vivo-.
Los gladiadores se han enfrentado a fieras y a otros luchadores. Placer estético: música, un ritual codificado desde principio a fin, sol, color, la excitación de la multitud, la presidencia indultando o condenando, el pueblo animando o rechazando... ¿nos suena familiar? La excitación del combate, el color y el olor de la sangre, el lamento de impotencia del vencido... Sangre... Sacrificio... Los aficionados al toreo se sentirán ofendidos por la comparación. Por supuesto. Es difícil reconocer la crueldad en uno mismo o en el propio bando. En tiempos no muy lejanos los caballos de los picadores no llevaban peto. Naturalmente el toro alcanzaba al caballo y con frecuencia las tripas del caballo se salían por las heridas. Si éstas no eran mortales, los caballos eran remendados in situ y volvían a salir a cumplir su destino. Un hermoso espectáculo. Cuando se impuso el peto para proteger a los caballos los puristas pusieron el grito en el cielo. No es lo mismo, clamaban, el toro no se encelará con el caballo si sus pitones no encuentran carne que perforar, así que su embestida no será igual y las varas no cumplirán su misión... Ahora pocos se atreverían a propugnar que los caballos de los picadores aguanten sin peto la embestida del astado, pocos disfrutarían con el espectáculo de dos, tres, cuatro... caballos destripados por toro. La sensibilidad, mal que pese, progresa. Una vez que uno llega a ser consciente de que la fiesta está basada en el maltrato a un animal que decimos fiero y noble, el espectáculo se hace simplemente insoportable.

celos dijo
Hola Rodri: Me ha encantado este artículo. Es tan completo que tenemos que reflxionar. Hasta pronto.
23 Septiembre 2007 | 06:32 PM